lunes, 20 de febrero de 2017

TRÁNSITO POR UN VIEJO RELOJ



Aquella mañana cruzaba la Plaza Mayor de esta ciudad y me puse, de súbito, triste. Las campanas de su viejo reloj entonaban un tránsito muy débil por su muerte pequeña y su circunstancia y por esa otra, todavía sin violencia, de la torre de la Municipalidad que le ha acompañado en toda su historia.

La hora para entender la muerte sin violencia, no es la del mediodía. La muerte llega casi siempre amparada en las sombras de la noche por miedo a que se descubran sus manejos con los hombres. Anda como de tapadillo sin otorgar preferencias y recorre zigzagueante la ciudad seccionando la vida de los amigos, de los enemigos, de los ricos, de los pobres, de los enamorados, de los repudiados, etc., sin darle importancia al nombre y a los títulos.

Nunca había oído la voz de tránsito de un reloj. Es ello un enredo turbio de tonos y tiempos desiguales que conciertan su campanería. Algo importante parecía queremos decir a los transeúntes que a esa hora cruzábamos aprisa, absortos  en algún tema preocupamos, por aquella plaza, en la que el bronce del Rey Sabio escucha atento la última hora del sentimiento y aguarda la sorpresa de su remodelación. Las manillas de este viejo reloj explican con sus movimientos vacilantes los estertores últimos de un ser ya anciano y vencido que no quiere dejar que se le escape la vida. ¿Tendría algo que contar en su despedida? Su última confesión podría liberarle de las penas del olvido, pero seguro que iba a ser una confesión a medias, temiéndole al fallo de ese laberinto del recuerdo, por esta iconoclasta manera de morir. So ojo avezado había conocido la necesidad y la sospecha de las gentes; la opinión astuta y panteísta de los aventajados; la extremada derecha de los conservadores pasivos; la izquierda sin objetivo de los perezosos y divorciados; el amén del señor alcalde en las sesiones concelebradas; la interpelación del concejal insatisfecho – no por ello menos constructivo-; la merced a los políticos de la lista, la recepción masiva de los altos dignatarios; el flirteo de los funcionarios municipales con la ley que no acaba de nacer libre, etcétera. Y no digamos de los tiempos de antaño que quedaron atrás como momias codificadas en legajos, actas y vieja prensa con chistera y bombín.

Este viejo reloj sabía mucho por ello han tenido que amortajarle antes de tiempo, para que se muera en silencio entre tanto trasto inútil de lo consistorial sin consistorio. A este reloj le reeligieron muchas veces, tantas como alcaldes hubo. Le sonaba el corazón, conforme aceptaba los acontecimientos políticos o sociales y sentía a veces rubor por su engallada posición para ver y observar lo que acontecía a la diestra y siniestra de las posiciones de los políticos. Por eso, él podía callar a quien se levantara desafiante. Conocía bien su papel de mediador y pacificador y no se arredraba ante el peligro de cualquier decapitación injustificada de la torre que le mantenía vivo y en pie.

Aquella mañana, con el tránsito, yo he notado un signo menos en nuestra agencia ciudadana. Se paraba la historia de un pequeño artilugio fabricado, que durante mucho tiempo había marcado el compás en todas las elaboraciones humanas de esta ciudad sin demasiados compromisos. Terminada su operación misional, tenía que aceptar esa muerte aparente, para elaborar, en silencio, otro modo distinto de medir y contar el tiempo, porque a estas modas del mundo nuevo, no cuenta demasiado la experiencia y todo se deja a merced de la razón y de la sorpresa. ¡Qué le vamos a hacer!

José González Lara. Diario “Lanza”, martes 14 de marzo de 1972


domingo, 19 de febrero de 2017

SIEMPRE PERMANECERÁS EN MI CORAZÓN Y EN MI ALMA TINES



Ayer fue uno de los días más tristes de mi vida. Tras quince años junto a mí y mi madre nos dejó Tines, un perro bueno, fiel y sin duda el mejor amigo a quien nunca olvidaré.

Con lágrimas sobre mis mejillas, te escribo la carta que nunca quise tener que escribirte Tines. Sé que a muchos le parecerá ridículo, pero a mí me da igual, ya que desde que naciste, has estado junto a mí y mi familia haciéndonos muy felices. Hicimos lo imposible para cuidarte y quererte, porque eras parte de nosotros. Nunca dejaste de saludarme con tu cola llena de emoción cada vez que llegaba a casa, y siempre recordaré  los golpes en mi mano que me dabas en la cama,  para que te cogiera y así velar mi sueño o te sacara cada mañana.  

Siempre cuidaste de mi madre y de mi, cualquier golpe de tos, lamento o movimiento que tu sospecharas era raro, hacia que rápidamente te levantaras y te acercaras a nosotros, nos miraras con tus ojos amables, hasta que oías decir “estamos bien, no pasa nada”.

Estoy en paz porque sé que estas en mejor lugar. Sé que estas en el cielo  disfrutando con tu madre Kuka, que nos dejo hace dos años y tus primos Mozart y Pitu. Espero que estéis todos corriendo por hermosos prados y cielos perfectamente azules.

Nunca te remplazare, y a pesar de que ya no estamos juntos físicamente, siempre permanecerás en mi corazón y en mi alma.

Doy gracias a Dios por haber creado los perros, en especial a ti, en mi soledad has estado conmigo y me has dado ese amor incondicional, en momentos amargos de mi vida ahí estabas para quitarme esas penas, nunca podre agradecerte ese amor incondicional, tú has muerto con la dignidad de estar conmigo hasta el final, con mi cariño y mis lagrimas, te recordare siempre Tines. Me despido de ti para toda la eternidad, se que llegara el día que tu y yo caminaremos y pasearemos por los prados del cielo, adios amigo. Gracias por todo Tines. 


sábado, 18 de febrero de 2017

REQUIEM POR EL ACTUAL EDIFICIO DEL AYUNTAMIENTO



La Casa Consistorial ha cumplido un siglo y está condenada a muerte.

Cuando la hicieron, pareció una maravilla a sus contemporáneos, con su escalinata exterior, amplio vestíbulo y su gran escalera partida en dos tramos, sus galerías, oficinas, dependencias y despachos, su hermoso salón de sesiones, su triple fachada con resaltos almohadillados, arcos, pilastras, zócalos, molduras, frontones y hasta estatuas de la Justicia, la Prudencia, la Agricultura, y la Industria, y su esbelta torre cuadrada con el estupendo reloj que nos gobierna, con rara puntualidad, desde hace más de cuarenta años.

¿Puedes hablarnos todavía, vieja y querida Casa Consistorial de mi pueblo? ¿Quieres decirnos algo? Las piedras y los mármoles, y los arcos y pilastras y hornacinas, debéis tener también vuestro lenguaje. Tus paredes y techos guardarán aún el eco apagado de discursos, conmemoraciones, ceremonias, conversaciones, aplausos, amaños, caciquerías y compadrazgos. Tus entarimados y baldosas no podrán conservar ya -¡manes de limpieza!- huellas de pisadas, ni frescor de aljofifas ni brillo de bayetas.

Eres, querido Ayuntamiento de nuestro recuerdo, como un cadáver en pie. Te falta muy poco para que seas –como cualquier mortal humano- ruina y escombro, ceniza, polvo y tierra. Pero antes de tu desaparición definitiva quiero hablar contigo, quiero que cuentea algo al periodista veterano que allí precisamente, como simple reportero municipal, inició su afición literaria con reseñas de las sesiones -¡cuánto público asistía entonces!- y visitas diarias a la alcaldía.

-¿Te prestas a ello?

- No tengo inconveniente. Pregunta y ya veremos lo que va saliendo.

-¿Cuál es tu origen?

La centenaria Casa Consistorial hace memoria y me contesta:

-No había edificio apto por aquel entonces. La vieja Casa del otro extremo de la Plaza, que se fundara en el siglo XVI, había sido declarada ruinosa en 1854. Antes, entre el terremoto de 1755, que causó graves desperfectos, y el incendio de 1765, que destruyó casi todo menos el archivo, la dejaron inapta para su misión. Los historiadores hablan de celebración de sesiones en el trascoro de la iglesia de San Pedro y más tarde en la instalación provisional del número 5 de la calle de la Mata, que luego fue Audiencia y ahora son viviendas municipales.


-¿Quién te proyectó, quien te hizo, quien puso tu primera piedra?

-Espera, espera. No te impacientes: sobre el solar del antiguo Pósito, formó mi proyecto el arquitecto don Cirilo Vara y Soria. En pública subasta se adjudicó mi construcción al contratista don Joaquín Casado, en 44.153 escudos, cuya equivalencia en pesetas no es posible calcular, y don Agustín Salido puso mi primera piedra el día 23 de enero de 1868. Y como al año siguiente ya estaba concluida, según testifica la “Guía” de don Domingo Clemente, ya ves que cuento 102 años.

-¿Recuerdas alcaldes que subieron tus escalinatas , se asomaron a tu balcón central en jornadas triunfales y se sentaron en la poltrona de tu despacho presidencial?

-Si, hijo, tengo buena memoria y puedo darte la lista casi completa desde 1869: don Vicente Serrano Roldán, don Eduardo Messía de la Cerda, don Isidoro Ruiz Moreno, don Juan Manuel Almagro, don Federico García Laguna, don Miguel del Forcallo Morales, don Luis Muñoz y Antolínez de Castro, don Ramón Clemente Rubisco, don José Serrano Belmonte, don Heriberto Díaz Úbeda, don Julián Herrera Cuesta, don Manuel López y López, don José Ruiz de León García, don Manuel Cuevas Casado, don Evaristo Martín Nuñez… este último en la raya del siglo. Algunos duraron solamente unos meses. El que más, cuatro años, como gran excepción. Otros, hasta por duplicado, según los vaivenes políticos.

-Algunos de ellos “me suenan”, efectivamente. ¿Y después?

Nuevo esfuerzo de memoria. Y prosigue la lista:

-En 1901, otra vez don José Ruiz de León y luego don Félix de los Ríos e Imedio, don Heriberto Díaz Úbeda, también por duplicado, don Manuel Padial Vilches, don Ceferino Saúco Díez, don Miguel Pérez Molina, don Alberto García Serrano, don José Cruz Prado –este creo que en tres ocasiones-, don Fernando Palacios, Ballester, Medrano, Lázaro…

-Estos últimos son casi de ayer y a algunos de ellos los hemos conocido.

-Como soy vieja, casi recuerdo mejor las cosas más antiguas y en cambio dudo de las relativamente recientes. De los alcaldes de la Dictadura, apunta a don Bernardo Peñuela, don Francisco Herencia, don Gonzalo Muñoz, don Cristóbal Caballero, don Antonio Prado…


-¿Y de la República?

-También recuerdo a don Fernando Piñuela, a don José Maestro y a don Gaspar A. Sánchez Pérez, aquellos, socialistas, y éste, inicuamente sacrificado luego, republicano radical o “de derechas”… Por cierto que esto de mi destrucción ya lo pensó el alcalde Pepe Maestro, que creo dijo que yo era un “tapón” y habló de construirme en el solar actual del viejo mercado, al hacer el nuevo en el Huerto del Marqués. Y la Plaza quedaría sin cerrar, es decir, entrando en ella directamente por la calle del General Aguilera, ya ensanchada, sin el estorbo de los arcos laterales. Pero aquello no pasó creo yo, del pensamiento, de las palabras a lo sumo, y ni cuajó siquiera en proyecto.

-¿Y después de la guerra?

-¡No abuses de mi memoria!

Ahí tendréis los libros de actas, el archivo y hasta las colecciones de Prensa. Pero recuerdo ahora mismo como buenos alcaldes, al citado don Bernardo Peñuela y después a tus amigos Pepe Donado a Pascual Crespo, a Bustamante, a Pepe Navas a Manuel Acedo Rico, a Antonio Ballester Fernández, a Victorino Rodríguez Velasco, a Luis Martínez, y actualmente a Eloy Sancho García. ¿Estás satisfecho?

-Todavía no, ¿Y los secretarios?

-¡Ay, curiosón! Ahora has dado en el quid. En esta Casa los alcaldes, en su mayor parte, son apenas “flor de un día”, juguetes de la política, figuras un instante que luego se oscurecen, se apagan y se eclipsan. Los secretarios, por el contrario, son mucho más fijos, más estables, permanentes casi, son “el alma” del Ayuntamiento.  ¿Quieres una estadística fácil? Pues escucha: desde mi construcción en 1869 hasta el 1919, es decir, en medio siglo justo, hubo ¡veintinueve alcaldes!, pues ya te he dicho que algunos lo fueron en dos y hasta en tres ocasiones distintas. ¿Sabes cuántos secretarios? Pues ¡nueve solamente! D. Tomás Hervás, que lo fue desde 1850 al 1869, y luego don Manuel María de Vilches (1870-1894), don Críspulo M. Marina (dos años nada más), don Lucilo Pérez de la Osa (1895-1899) y don Daniel Barragán Plaza (1900 a 1918)… Después, don José Alcázar Oliver, un gallego, don Felipe Deus, y el hijo de aquel, don José Alcázar Hernández, pero esto es ya casi actualidad… y, ahora, don Crisanto Rodríguez Arango.

-¡Cuéntame más cosas! Alguna anécdota, como es obligado en toda entrevista. Tú, querida Casa Consistorial, ya me has demostrado que tienes buena memoria…


-¡Huy! No puedo… bueno, no debo hablar. Entre unos y otros me transformaron, más por dentro que por fuera, me echaron “parches”, me ampliaron, me pusieron hasta guapa en las grandes solemnidades, con iluminaciones y aquellos reposteros y tapices que pintó Andrade para mi balcón central y laterales… Pero ¡ahora soy una ruina y voy a morir!

-¿Cuál es tu mejor recuerdo?

-¡Ay! ¡No puedo olvidarlo! Fue en 1924, cuando ante mi fachada pasó nuestra Patrona, mi Virgen del Prado, que no se atrevían a sacar del estrecho recinto de su paseo. Y luego, la ceremonia solemne y reciente de su Coronación: algo emocionante de verdad.

-¿Y el peor?

-¡Muchos, muchos!

-Dime alguno.

-No puedo: se perdería la cuenta. Yo reconozco que estoy vieja, que ya no sirvo para nada, que soy una inútil, antigua y anticuada, que no merezco figurar ni en la colección de postales de la ciudad… Pero ¿quieres que te diga mi verdad?

-¡Venga, venga!

-Pues me iré con un resquemor: cuesta millones mi desaparición y muchos más costará mi reconstrucción nueva –como el ave Fénix que renacía de sus propias cenizas- en el mismo lugar. Pero cuando me hicieron, hace más de un siglo, Ciudad Real se abastecía pobremente de agua; después, aquel buen alcalde que fue don Miguel Pérez Molina, abrió dos pozos en la Poblachuela; no era suficiente y otros alcaldes trajeron el ansiado liquido del Valle de los Molinos, se hicieron los depósitos de la Atalaya, se habló de los Picones, del Bullaque, ¡hasta de Ruidera! Hubo pleitos, polémicas, campañas de Prensa y el pueblo seguía con su sed de siempre. Últimamente viene el agua del Pantano de Gasset, que no se hizo para abastecer a la capital, sino para regar, ¡Todavía está prácticamente sin resolver el famoso problemita! ¡Me voy con esa pena! Yo habría querido vivir unos años más, cercenada ya la perspectiva de mi torre por los “rascacielos” aledaños, pero viendo a mí pueblo abastecido de agua hasta rebosar. Y entonces, solamente entonces, moriría con gusto…

Y la Casa Consistorial, albergue del Ayuntamiento de Ciudad Real condenada a muerte, todavía nos dice al concluir la entrevista:

-Pero lo dejare escrito en mi testamento, para que don Eloy Sancho, mi actual alcalde, y los que le sucedan, lo tengan bien presente.

Antón de Villarreal. Diario “Lanza”, jueves 8 de abril de 1971