martes, 26 de septiembre de 2017

EL MOLINO DEL EMPERADOR


 
Imágenes del Molino del Emperador cuando aún estaba en funcionamiento

Cerca del Puente Nolaya, se encuentra el Molino del Emperador, cuyas ruinas también han quedado al descubierto tras la sequia del Pantano del Vicario.




Situado  en las proximidades de Peralbillo sobre el Guadiana, en el término municipal de Ciudad Real. El sitio es conocido desde antiguo según el profesor Corchado Soriano, que en su obra “El Campo de Calatrava: Los Pueblos” dice lo siguiente: “en la Edad Media es varias veces mencionado el molino y azuda del Emperador sobre el Guadiana, por dos donaciones vitalicias en 1219 (AHN, Calatrava P-82) y en 1267 (Osteret, Índice, L3º, parte primera fº 281), en cuyos documentos se habla de azuda, molino y campo de labor, lo que indica la existencia de una zona pequeña heredad tal vez señalada cartográficamente en el anejo de Peralvillo que pasa al sur del Guadiana (Mapa Topog. Nac. Hoja 759); siendo asimismo mencionada en la sentencia de Alfonso XI en 1329: “… e de las (azeñas) del Emperador dos ruedas e una…” (AHN, Calatrava R-222) en 1385 se creó la encomienda de la Fuente del Emperador, cuyo principal miembro consistía en una dehesa hoy en el termino de los Yebenes, prov. de Toledo, pero ignoramos si este suplemento de la Azuda del mismo nombre estuvo unido a ella desde su fundación o fue objeto de posterior donación, ya que en 1543 cuando los bienes de la encomienda fueron desmembrados, y enajenados al Colegio de Doncellas Nobles de Toledo, se incluyó en la venta, como se refleja en las relaciones de Miguelturra de 1579, contest. 22: “…el molino del Emperador y dehesa del Emperador… era de la jurisdicción de esta silla y de la Encomienda de la Fuente del Emperador… se enajenó a las monjas de Toledo…”, y a partir de entonces dependió de dicho Colegio hasta su desamortización en el XIX”.



Los hermanos Rodríguez Sendarrubias, fueron los últimos molineros que lo mantuvieron operativo, hasta que lo vendieron en 1959.




Tipológicamente el molino del Emperador corresponde, aún edificio de planta  homogénea y unitaria distribuida en dos pisos, en el que se incluyen la vivienda del molinero (en el piso superior), y un pequeño horno para el gasto familiar. El resto de las dependencias estarían destinadas a las instalaciones propias del molino (almacenes, graneros, bóveda, caz,…).



La energía eléctrica necesaria, tanto para la casa, como para el funcionamiento del negocio, era producida por la propia fuerza del agua, a través de un dinamo (posteriormente un generador) que la distribuía según las necesidades de consumo.




lunes, 25 de septiembre de 2017

LA QUINTINA



Quintina Camacho López, “la Quintina” ha tenido seis hijos, ha plantado 70 árboles, sólo  le falta escribir su historia...

“Mi vida es una historia. Una historia muy sagrada y muy original, eso sí, nos dice la Quintina, personaje popular, institución en Ciudad Real, según las consideraciones de los que la hemos conocido hace años, como las que la consideran los que conozcan desde ahora, y según estiman los que han compartido su vida desde hace ya 83 años. Esta mujer, que nació con el siglo en Fuente el Fresno, que se quedó viuda a los cuarenta años, y que durante cincuenta y dos fue transportista, afirma que no tiene nada de lo que arrepentirse en su vida “de eso no me tengo que confesar”.

“Yo empecé de transportista con los carros, a bajar el pescado y la fruta de la plaza. Nadie de mi familia era transportista; empecé yo. Al principio, el transporte era de caballería; luego empezó a ser de motocarro. Los primeros motocarro los de “Zeima” los tuvo de propaganda para mí. Tenía mulas y vacas; unas veces diez, otras siete, otras ocho, porque las vendía y las cambiaba. Tenía seis vacas y repartía leche en Ciudad Real”.

“En la estación, el alma he sido yo. Me respetaban todos los jefes, se fiaban de mí más que de los guardias. Tenía unas tarjetas que decían que era la reina del transporte, sin competencia por carretera y por tren”.

De hecho, en el bar creado por la Quintina en el puente de Nolaya hay colgados unos carteles, algunos de los cuales rezan así:

“La fundadora de esta pequeña playa ha sido la reina del transporte, 52 años al servicio de la capital. Con simpatía a los clientes. Quintina”.

“Playa artística. Baños amigos de Quintina. No tires basura al suelo”.

“Respeten la playa con alegría y buen humor. De lo contrario… carretera y manta. No se admiten bebidos. Quintina”.

“A mí lo que me gusta es trabajar”.

La Quintina, que conserva una vitalidad admirable, una memoria que recuerda detalles y una risa y un buen humor envidiables por muchos de los que ahora estamos moviendo nuestro complejo mundo, asegura que antes se vivía mejor que ahora. “Se vivía –hace ya muchos años- bastante mejor. Co menos dinero y bastante mejor, el que lo sabia aplicar, claro. Porque al derrochador o derrochadora siempre le falta”.


 “A mí lo que me gusta es trabajar. No me gusta robar, ni ser mujer mala ni criticar. Yo he trabajado toda mi vida. ¡Pues no he pasado fatigas con los carros y las mulas! Al final de mi vida me busqué esto (la casa y la playa del puente Nolaya) para venirme con los amigos. Llevo ya veinte años aquí, y todo lo he hecho yo, porque todo eran barrancos, matojos, zarzas y juncos. Todo lo he hecha ya, a mí se me ocurren todas las ideas, pero por mis amigos, por ellos estoy yo aquí. Si tienen tosferina, que vengan, que aquí hay mucho campo; y si no la tienen, Igual. Yo me vine a este sitio porque me dije: "Si no, voy a morir como todos esos que la han "espichao" cuando se han jubilado. ¡Tira Quintina!

La Quintina todos lo sabemos, ha vivido acompañada por sus amigos y siempre entre hombres. Con ellos se reunía en el bar España de la plaza del Pilar ciudarrealeña, "centro de operaciones", desde donde repartían el trabajo de transporte. Si se trataba de ir a ver los, toros a Madrid, Quintina iba con ellos, si era para llevar a los futbolistas, Quintina no podía faltar. Cuentan que cuando un hombre no podía con el carro, la Quintina, arreaba las mulas y ella sola lo hacía.

"Yo, con mujeres, no voy ni de aquí a la esquina. Pero con un batallón de hombres ... ".

-Quíntina, ¿qué tabaco fumaban los hombres par entonces?

-"Eso no me lo preguntes. Yo no me he puesto a fumar en mi vida. Nadie podrá decir que yo le he dado un cigarro. Ni he fumado, ni me he echado, colonia por la cabeza ni por el cuerpo ni por ninguna parte. Yo no he sido presumida. Me quedé viuda a los cuarenta años, a los diecisiete se me murió un hijo, y desde entonces no he vuelto a ver otra cosa que no sea esta, bata negra".

"Tengo una hija que fuma y está fumando a disgusto mío. Yo no sé lo que es fumar”.

"Tampoco he bebido alcohol nunca. Bueno, habré bebido mucho, pero ha sido café. Solamente un poquito de café y todo leche. Ha habido días que en el negocio del España me he bebido ocho o diez cafés, o cualquiera sabe. Pero, yo, ni un chato de vino ni una cerveza, ni "ná". A mí, cuando me miren los médicos, no se van a encontrar alcohol ninguno, ni uno. Mira si lo tengo aquí en el bar, y ni lo pruebo. Café sí, y, ahora, bebo menos porque lo tengo prohibido por la tensión.  A veces se me pone muy alta, pero la comadrona me la mira muy a menudo y no pasa nada".


La Quintina ha sido toda su vida una mujer fuerte y sana. Alguna, vez, ha sufrido algún accidente., pero nunca le ha pasado nada. Nos contaba que en una ocasión, las  piedras de un molino se salieron y le cayeron encima, cuando estaba moliendo piedra. "¡La Quintina se ha matado! ", fue lo último que oyó decir a uno de los hombres que estaba comiendo a su lado, antes de notar las piedras encima. Enseguida se levantó nuestra Quintana, tal como su madre la trajo al mundo. Lo curioso es que ni a los talones de las mercancías que habían descargado por la mañana ni el dinero que llevaban les pasó nada. Contando esta anécdota, la Quintina concluyó: “Por eso, yo he tenido que ser muy buena o muy mala”. Cuando Dios quiera, que me llame. Lo que quiero es que me encuentre preparada”.

-¿Nunca ha estado la Quintina enferma ni ha guardado cama?

-“Enfermedad… no he tenido nada más que algún resfriado, pero corriente. Pero una vez que me pusieron una inyección, que estuve sin comer siete u ocho días. Cuando finalizó la guerra, fuimos a llevar, en el coche de los toreros, como yo le llamo, a los futbolistas a jugar, me tiré del coche porque no pararan y yo no sé qué herida me hice que me metieron una inyección y no podía comer sal, ni nada. Por la inyección estuve mala. Pero enfermedades… ni contagiosas ni sin “contagiosas”. Y ganas de comer a “tutiplén”. Si me ponen un borrego, ahora me lo como, o un “encebollado”, lo que sea. Ahora, si, estoy con los mareos que se conoce que son de la tensión”.

“Yo nunca he estado enferma y mira si he pasado fatigas con los carros a por arena, nevando, lloviendo, y en la estación y en todos los sitios. Los médicos que me hicieron…, ¿Cómo se llama eso?

-Un electroencefalograma.

-Eso, que me tumbaron allí en una camilla y me dijeron: ¡Pero si usted está más sana que todos nosotros! Me dicen los médicos, cuando me ven y me saludan: ¡Qué nos vas a enterrar, Quintina, y no vamos a poder ir a tu entierro con el gusto que íbamos a ir! Y yo les digo: Pues mira, seguir vosotros, que yo ya llegaré. Yo tengo muchos amigos… Tú veas, lo que son cincuenta y dos años día a día trabajando, hasta los viernes santos”.

Esta era la vida de la Quintina; trabajar años y años al servicio de Ciudad Real. Una vida que es historia. –“Una historia que ha sido una alegría para mí”, dice- Una historia que debería ser plasmada en la memoria imborrable de las páginas de un libro. Una historia entrañable de una mujer con carácter que tiene el cariño de todos nosotros.

María Peral Parrado. Diario Lanza, sábado 14 de agosto de 1982, Extra Feria.