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miércoles, 18 de noviembre de 2015

LA ERMITA DE LA SOLEDAD


Antigua ermita de la Soledad, según un dibujo de Vicente Rodrigo (1900)

Nuestras cofradías pasionarias no tienen la suerte de contar, como ocurre en otras ciudades de España, con un templo propio para desarrollar sus actos de culto y desde donde salir procesionalmente cada Semana Santa.

Sin embargo, no siempre fue así, y hubo una que dispuso de su propia ermita, adosada al convento franciscano que existía en Ciudad Real: la Cofradía de la Soledad.

La ermita o capilla de la Soledad se levantaba sobre parte de la superficie que hoy conforma la plaza de San Francisco, mientras que el convento de los religiosos franciscanos, fundado por Alfonso X el Sabio en el año 1263, se ubicaba en el lugar que actualmente ocupa el antiguo edificio del Hospital Provincial, reconvertido en colegio y residencia universitaria, ambos bajo la advocación de Santo Tomás de Villanueva.

Al parecer, la ermita se edificó a raíz de la cesión a la hermandad, por parte de los franciscanos de Ciudad Real, de unos terrenos de su convento con el objeto de llevar a cabo su construcción en el año 1565.

Sus dimensiones eran muy reducidas, a pesar de contar con salón de reuniones y sacristía. En ella, además de la Virgen de la Soledad, existían otras imágenes, como la Virgen de las Alegrías y san Antonio de Padua. Posteriormente también recibió culto en la misma la talla de San Francisco, trasladada tras la desaparición del referido convento. Esto ocurrió en el primer tercio del siglo XIX al producirse su desamortización, tras la cual se llevó a cabo una total remodelación pasando a utilizarse como Hospital Civil, uso que mantuvo hasta 1859, excepto un año en que se dedicó a Escuela Normal.

El  1 de enero de 1860, el antiguo convento era destinado a Hospicio Provincial, lo que se ha mantenido hasta hace relativamente pocos años.

Mientras tanto, la ermita continuaba con su mismo fin, como templo de residencia de la cofradía. Desde ella partía cada Viernes Santo por la noche la procesión de la Soledad. También, al menos hasta el siglo XVIII, los Domingos de Resurrección llegaba hasta allí la procesión con las imágenes de Jesús Resucitado y san Juan y se hacía el encuentro con la Virgen de la Soledad.

A finales del siglo XIX la ermita se encontraba muy mal conservada, lo que motivó la realización de algunas obras para consolidar el edificio.

En los primeros años del siglo XX, las condiciones del Hospicio no eran las más apropiadas para el uso que tenía, tanto por su pequeño tamaño como por las secuelas de un incendio en su techumbre ocurrido en 1890, y por este motivo la Diputación Provincial acometió unas muy profundas obras de reforma y ampliación del mismo. Mientras éstas se desarrollaban se planteó la continuidad o no de la ermita de la Soledad.
 
Capillas que existían en Ciudad Real en 1869, entre las que figura la ubicación de la Ermita de la Soledad, Plaza de San Francisco, 4 (Guía de Ciudad Real por D. Domingo Clemente)

El mal estado que presentaba, prácticamente en ruinas, pues se mantenía en pie sólo gracias a las reparaciones antes señaladas, así como su poco valor artístico, que no histórico, hicieron que se desechase la idea original de anexionarla al Hospicio, y se levantaron voces que reclamaron su derribo, principalmente la del periódico local “Diario de la Mancha”, el cual aseguraba que la demolición de la ermita sería beneficiosa para todas las partes implicadas. Por un lado, el Obispo vería dignificado el lugar de culto de una imagen sagrada si se trasladaba a otro templo que reuniese mejores condiciones, lo que repercutiría también a favor de la cofradía, al tener un lugar de residencia más amplio y seguro. Por su parte, la Diputación Provincial conseguiría que el Hospicio presentase una fachada más extensa, con iluminación y ventilación mejoradas, mientras el Ayuntamiento contaría con una plaza pública de mayores dimensiones. De esta forma se comenzó a gestar la idea del traslado de la Cofradía de la Soledad a la que sería su segunda sede canónica, la iglesia de San Juan de Dios, sita en la calle Dorada (hoy Ruiz Morote).

El 3 de octubre de 1906 se celebró en el Palacio del Obispado una reunión a la que asistieron el Obispo Prior, Remigio Gandásegui; el Diputado Visitador, Andrés Racionero; el Alcalde, Félix de los Ríos y una representación de la hermandad, que era la parte más reticente a la demolición, tomándose finalmente los acuerdos siguientes:

1.º Traslado a San Juan de Dios de las imágenes y retablos por la Diputación.

2.º Derechos en esta capilla de libre disposición para la hermandad y de patronato sobre los dos altares de la Virgen y de San Antonio, además de nombramiento de un capellán.

3.º Indemnización a la cofradía por el Ayuntamiento, por la expropiación del edificio y los solares usados para vía pública.

4.º Derribo de la ermita.

5.º Defensa de estas bases ante la respectiva corporación por cada uno de los asistentes.

Pese a haberse llegado a estos acuerdos, el tema quedó aparcado hasta que en el mes de marzo de 1907 se reactivaron las gestiones, sobre todo por las pésimas condiciones que presentaba la edificación. De este modo, se celebró una nueva reunión a la que asistieron el Obispo Prior, el hermano mayor por la cofradía de la Soledad, Leopoldo Acosta, y el mayordomo de la misma, Robustiano Fuentes, quienes acordaron finalmente que la demolición se llevaría a efecto una vez hubiese pasado la Semana Santa.

Documento para reparar la capilla de la cuota que estableció la hermandad en 1875 de cuarenta reales

El Viernes Santo, 29 de marzo de 1907, las puertas de la ermita se abrían a las nueve de la noche para iniciar la última procesión que de la misma partiría. Dos filas de enlutadas mujeres alumbrando con velas y cirios en sus manos precedían a la antiquísima imagen de la Virgen de la Soledad, que por la calle de la Palma iniciaba su recorrido por la capital de La Mancha. Horas más tarde llegaba ese mismo cortejo por la calle Dorada. La Virgen pasó al interior de la capilla, cerrándose para siempre sus centenarias puertas y con ellas una importantísima etapa en la historia de la hermandad.

A la semana siguiente comenzaron los trabajos de derribo. El día 4 de abril se trasladaron las imágenes provisionalmente a la parroquia de San Pedro, al mismo tiempo que se instalaban los retablos en la iglesia de San Juan de Dios, y el día 5 se empezó a desmontar el tejado.

Las obras se prolongaron prácticamente durante todo el mes de abril. Mientras tanto, el día 19 se inauguraba el Hospicio Provincial, que tras las obras de ampliación presentaba una nueva y extensa fachada, la cual años más tarde volvería a ser ampliada y reformada para dejarla tal como hoy lo conocemos.

Durante la demolición, apareció bajo la ermita una cripta formada por una nave de unos diez metros de largo por cuatro de ancho, cerrada por una bóveda rebajada con una compuerta de entrada de piedra labrada. En ella se halló un enterramiento con algunos ataúdes de madera que fueron trasladados para recibir nueva sepultura en el cementerio católico de la Diócesis. Aunque no aparecieron inscripciones ni epitafios que lo confirmasen, debía tratarse de los sepulcros que los franciscanos poseían en los terrenos de su desaparecido convento.

Una vez concluidas las obras de derribo, un grupo de vecinos de la zona propuso, como memoria del sitio que ocupó la capilla, que la calle del Gato, hoy Montesa, se llamase calle de la Soledad, ya que la misma conducía a la desaparecida ermita desde la plaza del Pilar.

La cofradía pasó a su segunda residencia, la iglesia de San Juan de Dios, donde se construyó una capilla dedicada a la venerada imagen de San Antonio de Padua. Años más tarde cambiaría de sede nuevamente, pasando a la actual, la parroquia de San Pedro Apóstol.

La noche del 12 de junio de 1907, coincidiendo con la popular verbena que por aquel entonces se celebraba en honor de San Antonio, era inaugurada la nueva plaza de San Francisco, completamente remodelada y ampliada con los terrenos de la ermita, quedando ya sólo en el recuerdo el lugar donde durante siglos la Virgen de la Soledad recibió la veneración de tantas generaciones de ciudarrealeños. Una vez más, Ciudad Real borraba de un plumazo una de las huellas de su pasado, algo que aún hoy, desgraciadamente sigue sucediendo.

Alberto Carnicer Mena, “La ermita de la Soledad”, Ciudad Real Cofrade 2003, pag. 154-155.
 
Imagen de Nuestra Señora de la Soledad destruida en 1936 y que veneraron los ciudadrealeños durante siglos

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